Los años locos

Otro post que habla de lo buena hermana mayor que soy como ayudo a la menor a estudiar. Prometo intentar que sea el último (por ahora)

Aunque no sea muy representativo.

Lo que pasa es que a veces la situación me puede, especialmente con ella: siempre me puede. Tiene la respuesta en la punta de la lengua y no me da el tiempo de reaccionar. Entonces, cuando se supone que la que toma la lección soy yo, ella me mira con sus ojos profundos y me dice: “poneme al tanto de los acontecimientos del s. XX” y yo quedo a un microsegundo de responderle todo lo que pasó el siglo pasado, desde el hundimiento del Titanic, al miedo que había por el cambio de mileño.

Pero los años me han dado algo más que arruguitas en los ojos, ahora también puedo moderme la lengua (no tanto como me gustaría, igual) y esta vez fui lo suficientemente viva como para no responder. Ella me tuvo que contar qué pasó: el teléfono, el auto, los años locos, la primera guerra… ¿Y la crisis?, le pregunté. ¡Ah, sí! ¿En qué año fue?, preguntó ella.

Y tantas alegorías invadieron a mi mente. ¡Ay, la crisis de los 29!

Acá es cuando me río a carcajadas de la gente que dice que la historia no sirve para nada. Me empieza a doler la panza de tanto reírme, me doblo en dos y sigo, a carcajada suelta, señalando con el dedo.

Los locos años 20, cuando no nos importa ni la prohibición del alcohol y nos las ingeniamos para volver a casa con una borrachera diferente cada vez. Cuando comenzamos a conocer el mundo, se expanden los horizontes, aparecen los Heminways que nos llenan de palabras bonitas, también los Picasso que nos dejan la cabeza cuadrada, y todos los demás que se la dan de poetas por un rato. Y nosotras que disfrutamos de nuestros primeros trabajos, que llegamos con ojeras y nos vamos a un after, que gastamos la plata como si fuera a durar por siempre.

Y justo ahí llegan los 29. Con la crisis, claro.

Mi cambio de década se va a dar en octubre. Ahí sí ya no me van a quedar más excusas de irresponsable ni inmadura, mi cédula de identidad va a decir que nací en el 86 y por más buenos genes que tenga, la edad se hace notar cuando llega el viernes y nadie me saca de mi cama.

La verdad es que estoy un poco enamorada de la idea de cumplir los 30. Desafortunadamente, mis amigas no me acompañan en esta. La crisis de los 29 (también conocida como la Gran Depresión) a ellas les pegó de otra forma: la que no anda loquita por ser madre, se le llena el pelo de canas por querer casarse o se estresa por los papeles de una casa. Nada de eso en estas viñas. Mis veintes estuvieron vividos divinamente (incluyendo el hecho de que “gastamos la plata como si fuera a durar por siempre” y, si sigo así, tendré que  recurrir a un New Deal personal). Los 30 serán un gran desafío al que no tengo idea de cómo entraré… ni como sobreviviré.

Mi hermana no volvió a olvidarse de este acontecimiento del s. XX

 

 

 

 

 

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